FUNERALES DE JEAN-DENIS TREMBLAY, P.M.E.

Homilía de Jean-Yves Isabel, p.m.é., Laval, sábado 20 de julio de 2019

Hechos 13, 2-5
Mt 24, 43-47.4

Me pidieron que dijera algunas palabras. "Lo conoces bien". Sí, lo conozco. Muchas veces hemos trabajado juntos y en los últimos años, nuestras habitaciones han sido una frente a la otra. En todo momento, Jean-Denis llamaba a mi puerta y me decía: "hay un mensaje en mi contestador automático, pero no entiendo". Yo le decîa lo que había en el mensaje. Y yo soy medio ciego. Entonces, no puedo leer, y mucho menos un texto escrito a mano. Si recibía una tarjeta, le preguntaba a Jean-Denis "qué está escrito". Él me lo decîa. Nos ayudábamos mutuamente. Entre los dos formábamos un hombre casi normal.
Obviamente, Jean-Denis no nos dio mucho tiempo para prepararnos para su partida. Es un shock para todos, incluso para nosotros que estamos aquí.  Realmente nunca habíamos pensado que en unos pocos minutos, unas pocas horas, Jean-Denis ya no estaría con nosotros. Es un shock, pero al mismo tiempo, todo el mundo lo dice: "Así que tiene suerte". Él no sufrió. Nos dijeron que habría tenido un ataque, un ataque cardíaco agudo. Soy un poco envidioso ¡Qué hermosa muerte! Se lo merecía.
La gente que yo encontré, desde el día de su muerte, están todos de acuerdo: "¡Qué buen muchacho, siempre feliz, siempre amable, siempre sonriendo!" Todos lo amaban. Y es este Jean-Denis el que Dios ha decidido llamar.
Me gustaría considerar algunos de los textos que acabamos de escuchar. En la primera lectura, se nos cuenta sobre el Espíritu Santo que, en una reunión de una comunidad en Antioquía, dijó a las personas que estaban orando y ayunando: "Sepárenme a Pablo y Bernabé, porque tengo una misión especial para ellos; tengo una obra  que encomendarles. Entonces, cuando habla el Espíritu Santo, ¿qué hacemos? Decimos que sí. Les impusieron las manos; rezaron, ayunaron; entonces, Pablo y Bernabé se pusieron en camino.
Jean-Denis también tuvo una llamada. No sé si sabían ustedes que Jean-Denis compuso un pequeño texto de una página y media: "La historia de mi vocación". Yo lo lei. Dice que siempre quiso ser sacerdote y que su vocación misionera se desarrolló en su familia: "Tenía muchas religiosas y monjes en mi familia: unas tías, tíos, primos, primas; ellos son los que alimentaron mi vocación". Nunca dudó  haber sido llamado a ser sacerdote, y como San Pablo, a ser misionero.
San Pablo, no sé si ustedes lo conocen bien. Viajó mucho. Primero, en la lectura que acabamos de escuchar, se fue inmediatamente. Fue a Seleucia, tomó un barco y fue a Chipre, regresó a Salamina. "Se ha paseado". Todo esto para predicar la Palabra de Dios.
Creo que voy a poner un poco de maldad, pero no demasiado, solo un poco. A Jean-Denis también le encantaba viajar. Las comunidades con las que convivió, a las que acompañó; nunca las olvidó, Jean-Denis regresaba a los sitios para visitar a la gente, para animarlos. Y cuando regresó aquí para quedarse, regresaba a Hong Kong con bastante frecuencia, visitaba el grupo "Evangelizatión family", los alentaba, los ayudaba. Esto lo animó a él. Me parecía muy bien de su parte. Creo que se realizaba en estos viajes.
Hace pocos minutos, conocí a personas de Toronto, una familia en particular, personas que Jean-Denis visitaba al menos una vez al año. Fue bienvenido y visitó la comunidad. Ellos oraron y celebraron juntos. Le gustaba ir a la gente, a la gente que conocía. Quería mantener enlaces con ellos. Jean-Denis tenía muchos, muchos amigos.
En la segunda lectura, hablamos de un sirviente: "Bienaventurado el sirviente a quien su señor le pidió que cuidara de los otros sirvientes y de la gente de la casa". Jean-Denis era un sirviente, un sirviente, un hombre de servicio. A menudo, bastante a menudo, me dijo: "Ya sabes, grandes discursos... para preparar un gran negocio, no soy bueno; no soy un intelectual. De hecho, no era el mayor intelectual de la Sociedad. Pero "para servir, por ejemplo, así era él. Le gustaba ayudar. En cualquier momento, me preguntaba: "¿Hay algo que puedo hacer? Si hay necesidades, estaré encantado de ayudar". No voy a enumerar todos los servicios que nos ha brindado, pero especialmente todos los compañeros, sabemos cuánto estuvo dispuesto a ayudar Jean-Denis, fue su "trade mark", su marca registrada: el servicio. Es un poco así. Prestaba sus servicios: para mantener el terreno, para cortar el césped, para recoger ramas, para asegurarse de que nuestro terreno esté bien mantenido. Cada mañana trabajaba una hora; cada tarde, otra hora. Y a veces, como lo mencionó Martin (Laliberté), el día de su muerte, celebró la misa a las 8:30 am con las Hermanas de la Inmaculada Concepción. A las 9:15 estuvo aquí; se cambió de ropa y se fue a trabajar afuera, como lo hacía cada mañana. Y sucedió que fue trabajando, haciendo lo que amaba, el servicio que quería darnos, que se encontró con Dios. Tuvo un ataque al corazón y así se lo llevó Dios de inmediato.
El mismo texto del Evangelio nos dice: "Feliz el Siervo, pero el Siervo que se ha mostrado fiel y prudente, porque nunca sabemos cuándo regresará el Maestro". Para nosotros, también, significa que Dios vendrá a buscarnos, pero no sabemos ni el día ni la hora. Hay algunos, y conozco a muchos de ellos, enfermos, que están en cama, que son débiles, y que están deseosos que venga la hora, que el Señor venga a buscarlos. Jean-Denis no pensaba nunca  en dejarnos físicamente, hace unos días. El Señor lo ha llamado. Para mí, y para nosotros, que estamos cerca de él, no hay duda de que Jean-Denis estaba preparado.
Jean-Denis, todas las mañanas, a las 6 en punto, iba a caminar, luego rezaba su rosario. Celebró la Eucaristía entre las monjas. A menudo tenía su tiempo de meditación y adoración. Tenemos una hermosa capilla pequeña de adoración aquí. Jean-Denis estuvo allí todos los días. Tenía su tiempo de reflexión, de preparar la Palabra de Dios; siempre estaba dispuesto a celebrar la Eucaristía. Había desarrollado un conocimiento que le permitía entender bien la Palabra y explicarla, proponerla a las comunidades que iba a visitar. Jean-Denis era un santo feliz, y fue así Jean-Denis quien nos dejó. Estamos tristes, pero también felices. Lo lamentamos porque no lo volveremos a ver, él no nos contará más sus historias que ustedes saben, ustedes la familia, son las mismas historias que nos contaba; se terminaron sus historias. Y para nosotros, y para ustedes, estamos seguros de que Jean-Denis está en la felicidad, que Jean-Denis está con el Padre, con el Espíritu que lo llamó, tenía sus 80 años, y ahora está en el Reino, con sus padres.
No era planeado, pero me gustaría terminar con una pequeña historia referente a su padre. "Yo, mi padre era fotógrafo, por eso estoy bien desarrollado". Así que volvió a ver a su papá, a su madre, con Dios y con todos los santos del cielo. Jean-Denis, queremos agradecerte por lo que has sido para nosotros, lo que nos trajiste. Y es con placer que durante esta celebración, te dejamos ir por el camino, hacia la felicidad del Reino.

Histoire de ma vocation

Pourquoi je suis devenu prêtre missionnaire ? Dieu a mis en moi cette semence qui a aboutit à ce que je suis. C'est l'héritage de Dieu et c'est l'influence de mes parents comme chrétiens. Il y a aussi une influence extérieure de prêtres et de religieux dans la famille Tremblay.
 
Dès mon bas-âge j'ai pensé à la vie missionnaire. Une photo prise aux îles Philippines de Léo Lamy, P.M.E., en soutane blanche et chapeau colonial qui ont attiré mon attention et éveillé mon esprit à la vie missionnaire. Je rêvais donc de devenir missionnaire et spécialement aux îles Philippines. Mgr. Edgar Larochelle, P.A., alors supérieur général de la Société des Missions-Etrangères, co-citoyen de maman, originaire de St Ferdinand d'Halifax (maintenant c'est St Ferdinand tout court, comté de Mégantic), a joué un rôle important en m'encourageant à continuer à prier pour la persévérance de mon idéal. Joseph Dupuis, P.M.E., missionnaire aux Philippines, étant revenu définitivement au Canada entretenait une correspondance avec moi.
 
Durant mon école primaire, j'étais un assidu à la messe quotidienne. J'étais un enfant de chœur. Notre demeure était à quelques mètres de l'église. À bonne heure le matin, je me rendais à l'église pour servir la première messe qui était à 6:00 du matin durant ce temps-là. Durant les premières années de mon cours classique, je me préparais à mon idéal de missionnaire. Je continuais à assister à la messe de tous les jours dans mon église paroissiale car je n'étais pas pensionnaire au Séminaire St Charles-Borromée de Sherbrooke.
 
J'étais intéressé à lire la revue des Missions-Étrangères, d'écouter à la radio les témoignages de certains P.M.E. le dimanche. La lecture de la vie de certains saints, entre autres, la lecture de la vie de Ste Thérèse de l'Enfant Jésus.
 
J'aimais à chanter et ce qui me touchait grandement, la chanson écrite dans les Cahiers de l'Abbé Gadbois : « Lettre de René Goupil à sa mère. » Les mots faisaient vibrer mon cœur. « Pour toi maman, ce petit mot... car ton René, ton petito... Là bas, là bas, missionnaire, au fond des bois, si loin qu'il soit, pense toujours, toujours à toi, ma bonne mère. » «Celui qui vient finir ce mot, ce n'est plus votre petito, votre René missionnaire, il s'est envolé vers le ciel jouir d'un bonheur éternel, o Sainte Mère. »
 
Pour m'aider à préparer ma vocation missionnaire, je m'imposais quelques petits sacrifices pour plaire à Dieu et aussi les offrir pour les missionnaires dans les champs de mission. Je récitais mon chapelet à tous les jours. Cette dévotion à Marie m'aidait à garder la ferveur, le feu qui brûlait dans mon cœur.
 
J'ai eu beaucoup de difficultés dans mes études. J'ai même eu la tentation d'abandonner tout. Les deux dernières années du cours classique m'ont été très pénibles. Ce qui me soutenait à continuer, c'était mon idéal de devenir un P.M.E., c'est-à-dire un prêtre et missionnaire dans la Société des Missions-Étrangères. Je suis sorti finissant sans diplôme, ce qui m'a marqué pendant toute ma vie missionnaire. Je me sentais inférieur à tous les autres. Je me sentais insécure.
 
J'ai envoyé une lettre au supérieur du Séminaire de Pont-Viau dans laquelle je demandais mon admission dans la Société des Missions-Étrangères. Une réponse affirmative m'a rempli de joie. J'étais accepté pour commencer une année de Probation dans la maison à Ste Foy, Québec.
 
L'année terminée, j'étais accepté au séminaire de Pont-Viau pour y commencer la théologie. À la fin de la 3ieme année, je recevais le Sacrement de l'Ordre des mains de Mgr. Martin Lajeunesse O.M.I., dans la paroisse de mon baptême en 1955. Ce fut une grande joie pour moi de devenir un P.M.E., membre de la Société des Missions-Étrangères.
 
Durant les années de ma formation à la vie missionnaire, la Société des Missions-Étrangères n'avait que 3 pays de Mission soit le Japon, les îles Philippines et Cuba. La Société des Missions-Etrangères avait dû fermer leur première Mission de Chine.
 
Une autre grande joie, ce fut ma nomination aux îles Philippines et mon rêve était réalisé. Il ne restait plus qu'à partir pour les Philippines à la fin d'Octobre 1956. Le 5 Décembre, je mettais pied à terre à Davao, Philippines.
 
Une joie à son comble fut la célébration de mes 50 ans au service de la Mission. J'ai passé la plus grande partie de ma vie missionnaire aux Philippines soit 42 ans sur le sol Philippin de 1956 à 1998.
 
Une nouvelle mission se présentait devant moi. J'arrivais à Hong Kong, Chine, au mois d'octobre 1998, et j'y ai demeuré 12 années jusqu'en 2010, le retour définitif an Canada.
 
Dans ma vie missionnaire, il y a plusieurs étapes : 3 départs
•        départ pour les Philippines en 1956
•        départ pour Hong Kong en 1998
•        départ pour le Canada en 2010 pour y demeurer.
 
Il y a un temps pour chaque chose, un temps pour travailler, un temps pour prier et aussi un temps pour partir. (Qohelet ou Ecclésiaste).
 
Je me suis conditionné pendant un an, avant de laisser le groupe que j'aimais et qui m'a rendu heureux durant 12 années. Cette séparation n'a pas été facile comme toute séparation. Une séparation est toujours difficile à accepter mais il faut en faire le pas. Ce n'est pas la maladie qui m'a fait revenir au Canada, c'était l'âge. J'étais pour avoir 80 ans. Parfois je me posais la question à savoir si j'aurais dû continuer à Hong Kong encore pour quelque temps. Sur l'avis de quelques P.M.E. et d'autres personnes qui me disaient de revenir au pays avant d'être malade. Ils me disaient que ceux qui reviennent malades de leurs missions ont beaucoup de difficultés à se réadapter dans leur pays d'origine. C'est la raison pour laquelle je me suis décidé à revenir au pays.
 
Dans ma vie comme prêtre et missionnaire, il y a eu beaucoup de joie et de bonheur dans mon travail et aussi, il y a eu des moments de souffrances, des échecs, d'anxiété et d'épreuves. Ma détermination d'être fidèle à Dieu et à ma vocation m'a soutenu dans les moments difficiles et pénibles.
 
À Hong Kong, parmi les membres d'EF (pour Evangélisation de la Famille, groupe de domestiques Philippins dont j'avais la charge) mon ministère pastoral fut rempli de grandes joies et consolations lorsque je voyais la présence de Dieu dans les âmes qui m'étaient confiées. Plusieurs ont changé leur vie du tout au tout. Ce sont leurs témoignages durant les sessions de partage. Praise the Lord, Alléluia! Louanges à toi, Seigneur, Alléluia!
 
J'ai eu également des journées nuageuses mais le Seigneur m'a aidé de sa grâce à surmonter les difficultés, les épreuves qui me rendaient tristes et qui éprouvaient ma patience, mon endurance.
 
Le saint homme Job disait: « Si nous accueillons le bonheur comme un don de Dieu, comment ne pas accepter de même le malheur! »
 
« Les prêtres qui aiment à être prêtres sont parmi les hommes les plus heureux du monde. » (Andres Greeley, prêtre et sociologiste).
 
Selon la lettre de Paul aux Hébreux» : « Tu es prêtre pour l'éternité selon l'ordre de Melchisédech. »
 
Jean-Denis Tremblay, p.m.é.