La fiesta de la Presentación del Señor .

PORQUE MIS OJOS HAN VISTO TU SALVACION

“Porque mis ojos han visto tu salvación, que has preparado para todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,22-40).
 
La fiesta de la Presentación del Señor nos recuerda el mandato misionero de todos los bautizados. Simeón y Ana difundieron la alegría de la presencia de Jesús y dieron testimonio de su fe, preparando a otros para acoger al Mesías en sus vidas. Se les considera iconos de quienes se dedican a difundir el Evangelio, suscitando y alimentando la esperanza de la salvación. Son verdaderos servidores del Evangelio porque quieren dar a conocer a todos la luz que han visto sus ojos.
 
Simeón y Ana fueron testigos de la presentación de Jesús y expresaron el anhelo de la venida del Mesías, significando la espera de todo Israel. Simeón, “guiado por el Espíritu”, tomó al Niño en sus brazos y prorrumpió en un himno de bendición y alabanza, expresando el cumplimiento de la esperanza que era su razón de vivir. También Ana se alegró al ver al Niño y habló de él “a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38).
 
El mensaje de ambos lleva inscrita la urgencia misionera: ¡que se conozca la buena nueva hasta los confines de la tierra porque nuestros ojos han visto tu salvación! Que todos sean Uno en el Amor para que el mundo crea a la vista de todos los pueblos (Jn 17,21-23). En estos tiempos, ¡qué urgente es esta invitación y esta llamada, a conocer el don del amor y al que nos pide de beber (Jn 4,10), a contemplar la luz que nos viene de lo alto y a dar a conocer su mensaje!


Proclamar la alegría del Evangelio hasta el fin del mundo. Esta misión está confiada a todos, especialmente a los misioneros de las periferias (más allá de las fronteras), llamados a ser signo de esperanza para sus Iglesias locales, sus países y toda la humanidad. Los misioneros están llamados a asumir la hermosa misión que Cristo les ha confiado y a ser hijos e hijas de la Luz, difundiendo su luz hasta los últimos rincones del mundo. 
 
La Iglesia subraya la urgencia permanente del mandato misionero, pidiendo un esfuerzo consolidado de todos los miembros de la Iglesia para llevar la alegría del Evangelio a las multitudes que viven en la desesperanza y el miedo. Llevar la luz de las naciones a todos los descartados del mundo, y a los que aún no conocen a Jesús, el Redentor de la humanidad.
Por eso, los misioneros son enviados a todos los pueblos, culturas y tierras para proclamar la alegría del Evangelio y hacer discípulos a todas las naciones. La misión de la Iglesia consiste en iluminar a todos los pueblos con la luz del Evangelio en su camino a través de la historia hacia Dios. Esta misión no consiste en extender el poder o acentuar el dominio, sino en conducir a todos las personas hacia Cristo, nuestro hermano mayor y guía, y la luz para toda la humanidad.  
 
Esta misión es una aventura que requiere una relación personal y cotidiana con Jesús a la escucha de su Palabra y sus gestos de amor, compasión y misericordia; una oración intensa y una confianza inmensa en la acción de Dios.  ¿Quieres formar parte de esta increíble aventura? Seamos discípulos y discípulas misioneros que acogen a “todos, todos, todos”.