MES DE LA MISION 2021

Lo que se ve y se escucha..


Cada año, en el mes de octubre, toda la comunidad de la Iglesia católica celebra la Jornada Mundial de las Misiones. Una ocasión que nos recuerda a todos los cristianos que estamos llamados a ser misioneros de nuestra fe. Es un momento de gracia en el que se invita a todas las parroquias, comunidades, conventos, etc. 

a unirse a la celebración mediante la oración, las reflexiones y el apoyo material en solidaridad con los misioneros de todos los continentes.


Todos lo celebramos, pues no podemos ocultar la alegría de ser testigos de lo que hemos visto y oído.



Un Corazón que Ama.

Danos, Señor, un corazón grande para amar.  En este mes de misiones te pedimos Señor que nos des un corazón semejante al tuyo.  Que nos hagas personas nuevas. Hijos e hijas tuyos, llamados a construir una nueva humanidad, una nueva historia, donde no existan fronteras que nos dividan.  Enséñanos a caminar con esperanza, al lado de los pobres, luchando por la paz y la libertad.

Mensaje Papal: Jornada Mundial de las Misiones 2021.


 En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, el Papa Francisco dice: "Jesús necesita corazones capaces de experimentar la vocación como una verdadera historia de amor que les impulsa a salir a las periferias de nuestro mundo como mensajeros y agentes de compasión".

foto cortesía de pixabay

¿SIGUEN LOS MISIONEROS?

Los misioneros siguen existiendo. 

Lo que dejó de existir desde hace mucho son las sotanas negras o blancas a moto o a lomo de mula, son las barbas de abuelitos, los bonetes medio raros y las gafas redonditas, son los cazadores de paganos, los demoledores de todo lo que no sea cristiano y las máquinas de convertir y bautizar a cuanto tenga halito; son los incansables constructores de capillas, los domadores de tigres y los matachines de brujas, caníbales y serpientes.
 
Ser misionero o misionera hoy en día, es seguir abriendo caminos en lugares remotos adonde poca gente va. Es ir hacia el otro, hacia el que vive lejos, hacia aquel de cuya existencia pocos saben y que se encuentra más bien desconectado del resto del planeta. Es abordarlo como igual, acercándolo con palabras y gestos de buena voluntad: "¡Encantado de conocerle!... Me gustaría dar  unos pasos con usted. Intercambiar con usted. En una de esas nos encontramos algún parentesco...".  Así, al acompañarse mutuamente, uno  va contado sus historias y el misionero o la misionera, las suyas. Él habla de su fe y de  sus creencias mientras el misionero o la misionera hablan de las suyas. Se escuchan uno a otro, y poco a poco se establece un lazo de comunión.
 
Antes que nada, los misioneros y las misioneras son  amigos y amigas de todos, pero muy especialmente de aquellos y aquellas que son más diferentes y lejanos. Aunque tengan patria, lengua, familia y nombre propio, respetan las fronteras del otro, el color  de su piel, sus creencias y su bandera. En realidad, su verdadera patria es de todas las lenguas, razas y religiones. Si abandonan su país
para ir a vivir en casa del otro es porque sueñan con tender puentes entre el propio mundo y el mundo de él, entre éste y el mundo  entero. Les llena de satisfacción  encontrarse con personas a la vez diferentes e iguales en humanidad, aprender a ver las cosas con los ojos y a sentirlas con el corazón de ellas, a soñar, compartir y celebrar la vida de una manera distinta.
 
Los misioneros y las misioneras hablan de Jesús, menos con palabras que con su forma de ser. Compenetrados  y compenetradas con el espíritu de Jesús, con su mentalidad, con su forma de ver y de sentir a las personas y a las cosas, procuran acercarse al otro como lo haría Jesús: con gran respeto e interés, con  pasión y compasión, sin prejuicios, sin miedo, sin segunda agenda, No se dejan condicionar por ninguna ley, ideología o religión. Dan al otro la oportunidad de ser sí mismo, mientras ellos y ellas siguen fieles a lo que son. Sin hacer trampa.
 
A los misioneros y misioneras les anima la certeza de que la humanidad va a tener futuro solo si la mayoría de los humanos y de las humanas se acercan, se hablan, se escuchan, comparten y se aman. Tendrá futuro solo el mundo en el que cada persona encuentre su lugar y la parte de bienes que le corresponda para vivir en dignidad, libertad y solidaridad, y en el cual la propia Tierra sea tratada con gratitud y ternura. Están, además, seguros y seguras  de que, por muy gigantescos que sean los obstáculos, este mundo es posible, y que, al final, él prevalecerá, no importa que no se dé antes de 10, 100 mil o un millón de años. Saben que todas las fuerzas que se opongan a esa unificación de la gran familia humana se irán desgastándose con el tiempo y terminarán muriéndose. Con toda seguridad la vida triunfará sobre la muerte.
 
De por todo el mundo, los humildes misioneros y misioneras  llevan esta certeza en su interior y la difunden hasta los últimos rincones del corazón humano y de las tierras más remotas del planeta.  
              Eloy Roy