Aprender un idioma, aprender a amar
Todo empezó con una simple conversación... Le pregunté al padre Benard Mukeku, misionero de la SMÉ en Camboya, cómo le iba la vida y cómo avanzaban sus estudios de jemer. Sonrió antes de responder. «Aprender jemer», dijo, «no es realmente aprender palabras». Luego hizo una pausa. «Es aprender otra forma de ver el mundo».
Ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta de que el estaba diciendo algo mucho más profundo. Aprender un nuevo idioma comienza con un acto de amor: «Tu mundo es importante para mí, hasta el punto de que deseo aprender para conocerlo desde adentro».
Para ilustrar lo que quería decir, me puso un ejemplo que no me esperaba.
En jemer, hay más de una forma de referirse a un sacerdote católico.
La mayoría de las veces, la gente se dirige a él llamándole «lok ou-puk» (លោកឪពុក), una expresión respetuosa que evoca literalmente la figura de un padre. Una figura paterna cuya autoridad no se basa en el poder, sino de la atención, de la presencia y del amor.
Sin embargo, cuando se acerca al altar para celebrar la Eucaristía, se utiliza otra palabra: «bo-chea-char» (បូជាចារ្យ) - la persona que ofrece el sacrificio.
Al principio, tenía en mente una cuestión de vocabulario y gramática. Pero lo que descubrí fue una nueva perspectiva sobre el ministerio sacerdotal.
Sus reflexiones iban más allá. Parece que cada lengua encierra en sí misma un secreto sobre lo que significa ser humano. En este caso, la lengua jemer parecía revelar una hermosa intuición. Antes de acercarse al altar, el sacerdote recorre las calles. Escucha. Visita. Consuela. Aprende los nombres. Comparte comidas. Solamente después, se acerca al altar. Su ministerio en el altar no sustituye a su vida cotidiana en el seno de la comunidad, sino que es la culminación de todo lo vivido en cada encuentro.
Cuanto más reflexionaba sobre nuestra conversación, más me daba cuenta de que esta intuición va mucho más allá del ministerio ordenado. Afecta a toda persona bautizada y, en cierto modo, a todo ser humano.
Toda relación auténtica transforma a quienes forman parte de ella
Aprender un nuevo idioma transforma a quien lo aprende. Enseña paciencia y humildad, y exige la voluntad de empezar desde cero. Antes de hablar, hay que aceptar primero dejarse guiar. Poco a poco, se descubre que la lengua no es solo un medio para describir la realidad, sino también una forma de habitarla, de vivirla y de aportarle algo a ella.
Quizá sea así cómo se desarrolla la misión de Dios. Quizá sea eso lo que significa vivir en profundidad un encuentro con otra persona.
Aprender un idioma requiere paciencia. Requiere la humildad de empezar desde cero. Cada palabra mal pronunciada se convierte en una invitación a reír. Cada corrección se convierte en un acto de confianza. El dominio de un idioma comienza mucho antes de alcanzar una pronunciación perfecta. Comienza con la decisión de querer a alguien lo suficiente como para adentrarse en su mundo.
Esto también me ha ayudado a ver la Eucaristía desde una perspectiva diferente
La liturgia no interrumpe la vida cotidiana; la celebra y revela el sentido más profundo de una vida ofrecida en el amor. El sacerdote que dedica gran parte de su tiempo a aprender, escuchar, animar y acompañar a los demás es la misma persona, bo-chea-char (បូជាចារ្យ), que se acerca al altar para ofrecer el sacrificio eucarístico. El sacerdote no se acerca al altar con las manos vacías. Lleva consigo rostros. Conversaciones. Alegrías. Heridas. Nombres convertidos en oraciones. Nada de todo ello queda al margen de la Eucaristía. Todo ello es confiado al Padre por Cristo. Todo ello vuelve en forma de pan partido para la vida del mundo.
Este mismo movimiento continúa más allá de los muros de la iglesia. La Eucaristía no termina con la bendición final. Continúa allí donde las personas deciden hacer de su vida una ofrenda de amor.
Cuando un acto nace de un amor sincero, nunca se limita a sí mismo
Estos actos de amor auténticos transforman tanto a quien los ofrece como a quien los recibe. Y, discretamente, esto contribuye a transformar el mundo. Cada gesto de atención, cada conversación amable y cada esfuerzo sincero por adentrarse en el mundo del otro forma parte de la paciente obra de Dios destinada a construir la comunión con toda la creación.
Me imagino a una misionera o un misionero repitiendo una y otra vez la misma palabra en un idioma extranjero, equivocándose más de una vez. Me imagino a una niña que sonríe y le corrige amablemente. Poco a poco, la palabra deja de ser un simple sonido y se convierte en una relación.
Quizá el Reino de Dios crezca de la misma manera. La persona que busca aprender repite una palabra. La niña sonríe. Las dos salen transformadas de esa conversación. El amor ya ha traducido lo que el idioma no podía traducir.
Quizá la misión siempre haya sido eso: aprender el idioma del otro hasta que, poco a poco, ambas partes descubran que el amor es el idioma común que las une desde siempre.





